Las cervezas conquistan el mundo…

Como Ulises, su viaje ha sido largo: desde las orillas del Éufrates pasando por Egipto, para después aparecer en el país de los celtas, de los godos y propagarse desde España hasta llegar a los Montes Urales y expandirse en las dos Américas, en la India, en China y en Australia.

La cerveza ha dado la vuelta al mundo, mucho más que el vino, e incluso en numerosos casos, ha sustituido bebidas locales, ya fueran solo refrescantes o estimulantes.

Para ello, ha sido necesaria la mano de algunos aventureros y exploradores, así como un cierto olfato para llevar la receta y los secretos de la elaboración de la cerveza (¡sobre todo de las cervezas belgas que siguen gozando de la mejor reputación!) más allá de los mares, antes que el propio comercio internacional.

Por ejemplo, John Martin no quiso privar a los belgas del sorprendente sabor y del mito de la Guinness y «osó» importarla en 1914 en su versión irlandesa, después de la cual importó la Guinness «GXE» en una versión export, especialmente elaborada para él en Dublín, con una densidad y una tasa de alcohol que se acercaban más a los valores de las oscuras especiales belgas.

El símbolo de la empresa cervecera John Martin es un galeón, lo cual ilustra a la perfección la relación entre las aventuras exportadores de este cervecero de origen escocés y el sabor de las conquistas de los cerveceros.

Por supuesto, los ingleses —gracias a la fuerza del imperio británico— contribuyeron fuertemente a propagar la buena cebada por todo el mundo. Les debemos por ejemplo la creación de la India Pale Ale —o IPA—, una cerveza «adaptada» a las largas travesías y a una conservación en los trópicos, gracias a un añadido significativo de flores de lúpulo al final de la fermentación —una receta redescubierta hace unos años por Anthony Martin y no solo que ha vuelto por la puerta grande de los bares sino también de los buenos restaurantes—. No olvidemos tampoco a los migrantes irlandeses (la Guinness es su símbolo cervecero y su bebida ineludible para San Patricio en todo el mundo). Tampoco a los holandeses —grandes competidores de los ingleses en los mares— ni a los alemanes, a menudo los primeros en construir fábricas «en tierras desconocidas». Ahí donde otros colonizadores solo preferían importar sus bebidas, reprodujeron a menudo cuando era posible sus cervezas rubias rigurosas, poco alcoholizadas pero frescas y bien adaptadas a los calores que descubrían. Las marcas Miller o Budweiser son un ejemplo de ello. Asimismo, la cerveza Tsingtao, una de las primeras lagers consumidas en China, debe su creación a los colones alemanes asentados en la ciudad en 1903. También existe la Cuzqueña en Perú, o la Quilmes, creada en 1888, muy popular en Argentina, obras de inmigrantes alemanes cuando estos fueron expulsados de su país por motivos económicos o religiosos.

Hoy en día y a pesar del encaprichamiento mundial por la creación local de fábricas —llamadas craft brewers en EE. UU. y sobre todo en Canadá, que elaboran cervezas al estilo belga (belgian style)—, la cerveza belga refuerza sus galeones y su reputación de calidad en la exportación. 13 millones de hectolitros de nuestras cervezas traspasaron nuestras fronteras en 2015, gracias a pequeños y grandes cerveceros, lo cual representa alrededor de un 62 % de nuestra producción anual. China se convierte en un socio y un amante ineludible de nuestros néctares; y Rusia está descubriendo nuestra cerveza, hasta el punto de que los rusos beben más cerveza que vodka (el 70 % de los hombres la consumen). En San Petersburgo, no menos de 30 bares de cerveza principalmente belgas han abierto sus barras. Allí se catan con gusto las cervezas de Borgoña, de Flandes o de Waterloo, aunque las mujeres son las que sobre todo aprecian las auténticas cervezas Lambic afrutadas, tales que la Kriek Timmermans.